
La creencia general, fuera –incluso dentro– del ámbito del cristianismo, es que el Eterno es un Dios de amor, y en aras de ello se cree que cualquier acto que vaya en contra de Su voluntad es perdonado por Él. La expresión común es: “al fin y al cabo, Dios me perdona pues es un Dios de amor”.
Y no es que sea falso. Si es un Dios que tiene como parte de Su esencia la Misericordia, y, además, Su más preciada creatura de toda Su creación es precisamente Adam, el ser humano. Pero también tiene el atributo de justicia.
Él quiere bendecir a Adam, al humano. Lo quiere próspero. Lo quiere en un estado de bienestar. Lo quiere en plenitud, para que así tenga todas las condiciones necesarias que harán posible que cumpla el propósito de su estancia en la tierra; que atienda el llamado que de forma personal y única Él le hace, y que todo ello se concrete en un desempeño que haga posible la expansión de Su Reino, y reinado, en la tierra. Los méritos de todo ello, además, tornan posible la vida eterna en el mundo. La perspectiva entonces no es sólo para el aquí y ahora.
Y el Eterno mismo dispone una de varias maneras de favorecer la bendición en ti. De hecho, no sólo el mandamiento de amarás a tu padre y a tu madre trae bendición aparejada, así lo dice la Escritura. No, cada uno de los mandamientos trae consigo bendición. La obediencia trae como efecto promesas cumplidas en la vida del hombre. Eso significa bendición.
Pero hay uno en especial que es impensable si no se ha abrevado en el estudio de la Instrucción del Eterno, Su Torá. Me refiero al Reposo santo. No el que da el mundo con sus distractores concupiscentes, o sea, sólo satisfacción del placer corporal, dicho sea, en sentido amplio.
Este Reposo tiene que ver con dejar las preocupaciones y ansiedades habituales de la semana laboral, de los primeros seis días de la semana. Y en el séptimo -después del viernes, y antes del domingo, para que quede puntualizado- es dedicarse a desprenderse de esos afanes y dedicarse al estudio y meditación de la Instrucción que el Eterno ha dispuesto para, fíjate bien, que te vaya bien y tengas éxito en todo lo que emprendas.
En este séptimo día cuyo nombre en la Torá -no es sábado; no, no es Saturno-, es Shabat, el guardarlo, consagrarlo, vivirlo como te lo he dicho antes de forma breve, trae bendiciones que no imaginas. De entrada, solamente la Paz que sólo el Eterno nos puede brindar. Pero también trae otras más: salud, prosperidad, armonía familiar, y algo de suma importancia: ese tiempo que dedicas a reposar te dispone en tiempo, ánimo, fortaleza, disposición, etc. para que le entres a cumplir Su voluntad: Sus mandamientos. ¿Y sabes qué? El que hagas así, te acarrea más bendición. Y es entonces que refuerzas la consecución de tu plenitud, de tu bienestar.
¿Quieres más razones para reposar santamente? ¿Le entras o no le entras? ¿Quieres tener bendiciones intensas, abundantes y numerosas? ¿Estás consciente de que el Eterno quiere bendecirte? Aquí tienes una manera, de las mejores que puede haber. Porque la mejor de todas, y que las encierra todas, es la obediencia.
Talmid: Lucino Javier García Pesina
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