
Todos sabemos que no viviremos para siempre, que no somos eternos, reconocemos nuestra naturaleza mortal y que un día llegará la hora de partir de este mundo; dejaremos nuestro cuerpo mortal. A pesar del reconocimiento de la naturaleza de la muerte, solo pasamos la vida actuando e ignorando como si la muerte estuviera muy lejana y no afectara nuestras vidas.
Vivimos la vida dedicados a la acumulación de la riqueza material, a satisfacer nuestros egos, nuestros pensamientos; nuestros actos son en función de sí mismos, en raras ocasiones pensamos en el prójimo y las satisfacciones que obtenemos son temporales.
Ante esta reflexión es necesario e importante hacer un análisis de nuestras vidas, primeramente saber cuál es el propósito de nuestra vida en este mundo; nacer, crecer, reproducirse y morir; ¿de verdad la vida de una persona termina cuando nuestro cuerpo deja de funcionar o hay una forma de trascender después de la muerte?, por esto es vital una introspección al interior para re conceptualizar este concepto de vida que en realidad es limitado.
Entonces, la vida transcurre, la vida se vuelve una constante lucha; nos esforzamos y ocupamos de nuestras necesidades básicas, de la esposa, de la familia, de nuestros hijos, lo que hacemos es para satisfacer sus necesidades y agradarles.
Pero preguntémonos ¿Nuestras acciones agradan al Eterno?, ¿Es el resultado de nuestros actos lo que Hasem espera de nosotros?, ¿Cómo quiere el Creador que vivamos? ¿Cómo hemos vivido? ¿Cómo estamos viviendo? ¿Cómo ha sido el resultado de nuestra vida al día de hoy?
En la parashá VAIEJÍ “Y el Vivió” nos da referencia de la vida del Patriarca Yaakov, su vida fue una constante Lucha, que no empieza desde su nacimiento si no desde el mismo vientre de su madre, luchaba con su hermano Esav su mellizo, posteriormente enfrenta diferentes situaciones, el desenlace de su progenitura que Esav le reclamaba como robada, los tratos engañosos de su suegro Labán, las dificultades con sus hijos por la violación de su hija Dina, el dolor por la desaparición y presunta muerte de su hijo Joseph y la aparente perdida de su hijo menor Benjamín en Egipto, y finalmente muere no sin antes bendecir a sus hijos incluyendo a los hijos de Josep.
Se describe en la Torá, en el sefer Bereshit, “Yaakov de este modo concluyó sus instrucciones a sus hijos. “Llevó sus pies sobre la cama y expiró”.
El Midrash dice que después de esos años de penuria, Yaakov pasó sus últimos diecisiete años en Egipto feliz y en paz. Vio a Josep soberano y todos sus hijos sin excepción Tzadikim (Justos) que seguían el camino por él trazado.
Estos últimos 17 años son calificados por la Torá como “Años de vida”. Hasem lo compensó de esta forma por los 17 años que había pasado en duelo por Josep.
Su forma de vida, la actitud para resolver los desafíos y la conclusión de su vida al saber que su descendencia observaba mandamientos nos inspira a vivir en su ejemplo; busquemos y retornemos al Eterno, nuestra vida no necesariamente termina cuando morimos; busquemos trascender y que nuestra vida trascienda en nuestra descendencia, hijos y nietos, recordemos que cada vez que cumplimos un mandamiento es como si nos cubriera una vestimenta espiritual con gozo y alegría; ¡Esforcémonos! y ¡Adentrémonos!, en el estudio de la instrucción (Torá) para apegarnos más al Creador. Te invito a vivir en apego a Hasem, ¡Porque como vivimos moriremos!….
Talmida: Omar Aguilar Reyna
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