
Ahora veremos algo que, entre las diversas cuestiones que atañen a la vida de un creyente, es una condición importante para hacer posible que se hagan realidad las promesas del Eterno. Una batalla que dura hasta el último aliento de vida.
¿Cómo que una batalla? Si, la vida de un creyente para vivir la plenitud -es decir la vivencia constante, en su situación de vida, de las promesas del Eterno, lo que llamamos bendición, cuando aquellas se convierten en algo real-, se desenvuelve en constante contienda, y esto en dos escenarios: internamente y en el exterior.
Internamente en varios aspectos: con rasgos de carácter contrarios a los que el Eterno quiere en Sus hijos; con una inclinación a la maldad que es inherente a todo ser humano, y, además, con los efectos de la propia historia de vida, en específico con las lastimaduras y/o heridas producidas inevitablemente en el transcurrir del crecimiento y desarrollo como individuo.
Externamente con un especialista muy bueno para hacer caer al hombre: el acusador, quien se vale de un recurso sumamente efectivo: la tentación. No es el momento de profundizar en ello, ya llegará el tiempo para hacerlo.
La cultura que se privilegia en el mundo actual busca fundamentalmente el placer y lo hace a través de formas que, si bien logran su propósito, también propician daños colaterales, físicos, psicológicos, emocionales… de diversa índole. Éste señalamiento trata de decirte que lo que se fomenta es precisamente aquello que tiene que ver con la lucha interna del hombre, lo que te expresé en el párrafo anterior. Y no porque el placer sea algo malo en sí mismo, sino de la fuente de la cual proviene es lo que lo torna así, en maldad. Si proviene de la fuente divina, haciendo conforme a la Voluntad del Eterno, entonces, es la manera buena, y con el agregado de méritos para vida eterna. en el mundo venidero.
En esa condición es que vive el hombre de la era actual. Es así como llega a su conversión a la cultura del reino del Eterno. A partir de ello comienza esa contienda con esa naturaleza para poder acceder a la plenitud gradual de las promesas del Eterno convertidas en bendición en la realidad, su realidad cotidiana. No es posible vivenciar plenamente la bendición si no es con la nueva naturaleza. Es así que cada bendición que llegue a él vendrá desprovista de aflicción, y en cambio inundada en y de Su paz, la que es propia de la fuente divina, sin añadidura de tristeza.
El Eterno nos dice qué hacer en la historia de Yaakob, quien huyó de su mala inclinación representada en su hermano Esav (quizá tú lo conoces como Esaú), y por recomendación de su madre Ribká, se fue al terruño donde ella había nacido, a casa de su hermano Labán. Ello le valió algo de suma importancia para la humanidad, no sólo bendición en su situación de vida, la que fue abundante, sino en largo plazo, pasados muchos siglos: la venida de Yeshúa HaMashiaj a través de su descendencia.
Así como Yaakob, huye de Labán. Huye de tu naturaleza mundana y ven a Tzión, al monte santo, a tu elevación, a tu nueva naturaleza; a la naturaleza que te permitirá la vivencia de la plenitud. Y con ello ser garante de vida eterna en el mundo venidero.
Talmid:
Lucino Javier García Pesina
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