
Cuán importante es que el ser humano, la más preciada creación del Eterno entienda que es fundamental evitar ser quejumbroso. En el cielo es una cuestión que es sumamente repudiada, y aún en lo terrenal también: la psicología recomienda no estar en queja constante porque las palabras de esa naturaleza regresan al hablante y lo contaminan, y retroalimentan un estado cercano a la amargura.
En la porción toral de Vayigash (Bereshit 44:18 a 47:27) se nos muestra el efecto de la queja. El Eterno nos deja ver en Yaacob esta cuestión:
Yaacob dijo al Faraón: “Los días de los años de mis peregrinaciones han sido ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años mi vida, y no han alcanzado los días de los años de vida de mis padres, en los días de sus peregrinaciones.” Ber 47:9
Pocos y malos. Yaakob pareció no tener en cuenta que, si bien hubo aflicciones, el Eterno fue sumamente benévolo con él. Primeramente, el haberlo salvado de su hermano Esav le valió estar en un exilio del cual regresó con gran prosperidad. Segundo, Yosef le fue devuelto después que durante veinte años lloró su pérdida, y no sólo eso, si no que le fue devuelto como el segundo al mando de Egipto, sólo después de faraón. Y aún más, fue el sustento de su familia al asentarlos en el mejor terreno de Egipto: Goshen.
Además, esas aflicciones tenían tras de sí, estaban enmascaradas, bendiciones de gran importancia, y la más de ellas es que se iba concretando, específicamente con Yosef, la profecía que le había sido dada, incluso desde Abraham. La promesa de descendencia de él que constituiría una nación iba tomando forma prominente.
Ello le valió, según señala el midrash correspondiente a Bereshit, que su vida fuera acortada treinta años.
¿Cómo ocurriría en nuestro caso el efecto de la queja? En forma concreta, en el aquí y ahora, se limita el que las promesas que el Eterno desea darnos, simplemente no se concreten como bendiciones en nuestra situación de vida. Y es necesario ser conscientes que cada una de las bendiciones que se nos han sido otorgadas –y las que vendrán- se significan, en conjunto, la plenitud en nuestras vidas.
Algo que también es importante entender es que las aflicciones si bien nos incomodan, rompen con nuestra zona de confort, tratan de hacernos llegar a cada componente que formará parte de la plenitud personal. Pero, ¿cómo? No es posible. Nos han enseñado que las aflicciones son producto de la maldad del satán. Sí y no. Sí, porque esa es la naturaleza de él; y no, porque no puede provocar ninguna aflicción si no es autorizado por el Eterno. Ve al libro de Job y lo entenderás.
Cada aflicción se corresponde con una trasgresión a la Voluntad del Eterno. Y si hay juicio en la tierra, no hay juicio en el cielo. Así es, si tú haces tu juicio: te confiesas culpable ante Él, te arrepientes ante Él, vas y corriges, rectificas, por la vía del perdón, la restitución y la restauración entonces se va, y lo que sería un juicio adverso, es decir, una aflicción, se convierte en un juicio favorable, es decir, una bendición. Así es como funciona la dinámica de la bendición, pero, inversamente, también la de la aflicción como podrás darte cuenta.
Así que, deja la queja, valora lo que se te ha dado como bendición que si no ha sido más es porque algo no estás haciendo de forma conveniente y/o correcta. Pero también, no te lamentes de la aflicción, es una máscara que tiene tras de si una bendición para ti. ¡¡¡Corrige!!!
Talmid: Lucino Javier García Pesina
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