
Después de un largo día de trabajo necesitamos una buena ducha, la cual nos reanima y refresca. La suciedad en el cuerpo incomoda al que la sufre y a los que lo acompañan. También el alma y el espíritu pueden llegar a sentir la necesidad de hacer una limpieza general de los pecados y de las impurezas espirituales. ¿Sabías que Hashem asignó un día anual para hacer la limpieza espiritual a su pueblo Israel? El día 10 del mes de Tishrí es el yom hakipurim, el Cohen gadol hacía sacrificios para reconciliar a kelal Israel con Hashem. ¿Recuerdas que el día 10 del mes de Nisán, los israelitas tomaron un cordero y su sangre la colocaron en las puertas como señal para salvar la vida de sus primogénitos? Ahí estuvo Hashem salvando vidas.
Estos dos eventos están íntimamente vinculados. La sangre es el elemento indispensable para expiar (perdonar) los pecados del hombre. Todos hemos pecado delante del Eterno y esto nos ha separado de Él, pues no habita con la suciedad. Entonces todos necesitamos la expiación o moriremos. Es decir, que alguien inocente muera en tu lugar para que tú sigas viviendo, y sean borrados los pecados de tu pasado, ya no habrá quien te acuse por ellos.
Estos dos corderos son la sombra de Yeshúa, de quien Juan dijo: “He ahí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo “. Yeshúa murió en nuestro lugar, lo hizo una sola vez y fue suficiente. Solo después de su muerte (Ajarei Mot) creyendo en él, su sangre nos limpia, nos purifica, nos sana, nos da vida eterna; pero esto es solo el comienzo de una vida distinta.
¿Ahora qué haremos con esta nueva vida? Nos queda ser agradecidos con él, valorar la oportunidad que nos da para dejar de hacer todas las acciones pecaminosas que nos habían condenado a la muerte. Podemos elegir vivir siendo amigos de Yeshúa (ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando) cumpliendo los mandamientos de Su padre. Andar con Yeshúa, es andar en camino de santidad (apartado de la maldad). Seguir la paz no significa estar en quietud, sino en plenitud, y ésta se logra sirviendo con alegría al Eterno.
Talmida: Graciela González Cavazos
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